Creo que todos venimos a este mundo con un mapa grabado en nuestra alma, donde reside nuestra esencia. También creo que, al igual que venimos con un mapa lleno de rutas, senderos que podemos o no transitar, hay paradas obligatorias, algunas de enseñanzas, otras de goce que nos energizan. Las primeras quizás son menos placenteras, pero serán las que nos den las herramientas y tejan una parte sustancial de nuestra personalidad. En ellas podremos mirarnos como lo que somos, desnudos, sin armaduras, puros, naturales, sin adornos. Donde ir hacia dentro, navegando por la introspección en un lago que es nuestro hogar y donde se encuentra el tesoro escondido, que un día perdimos de vista. En él se encuentra el mapa de quiénes somos, nuestra esencia. Creo que tenemos un propósito y que a lo largo de nuestra vida tenemos la misión de descubrirlo, pero para ello, tenemos que descubrinos primero a nosotros mismos. Es la manera de hallarlo, de iniciar el viaje al origen.
Creo que el juego de la vida, que puede desorientarte como una noria que da vueltas y vueltas y que a algunos pone la vida patas arriba, a otros les crea miedo, otros deciden abandonar, no quieren correr ese riesgo o se han cansado de ello y otros saben apreciarlo y lo llegan a disfrutar; la clave está en continuar, en no dejarse abatir, que aunque tu vida ruede y ruede, vayas avanzando, descubriendo la belleza que se encuentra en todas partes, a veces muy escondida; a veces es una cuestión de actitud, o de las lentes que te pongas para mirarla. Todo en la vida está para algo; lo difícil es descubrir el porqué. A veces hay respuestas que llegan con los años, pero todo está conectado. La vida es un círculo perfecto, ¿O quizás un círculo dibujado por un niño, que no es redondo del todo y que tiene imperfecciones y curvas abolladas, pero que sin duda empieza y acaba conectado?
¿Recuerdas al niño que fuiste? ¿Qué te gustaba? ¿Qué te ilusionaba? ¿Con qué disfrutabas? ¿Qué cosas hacías o decías con toda la inocencia, sin ser consciente? Ahí se encontraba tu pureza; estaba escrito en tu alma. Quizás no lo recuerdes y lo hayas olvidado. Pues como un truco de magia, parece que desaparece, pero es solo un truco. De niños admiramos a las personas que nos rodean, o aquellas cosas que hacen cantar a nuestra alma. Quizás queremos ser como ellos, quizás es solo la trampa para perdernos, y puede que en efecto sea así. Pues entonces es cuando se corrompe nuestra conexión con la esencia, cuando se efectúa el truco de magia, cuando nos olvidamos de nosotros mismos para ser quienes los otros quieren que seamos, o que vivamos lo que ellos querían vivir en su proyecto personal; a veces esto ocurre de manera inconsciente. Es el arte de moldear; nuestro entorno, junto con las personas que nos rodean, nos van moldeando, nos van alejando de nuestra ruta, o nos meten por senderos que no son nuestros, son de ellos, quizás de ese niño asustado que habita en ellos. Pero todos los caminos llevan a Roma, como dicen; el perdernos es parte del juego también. Aunque siempre sabemos hacia dónde ir, al igual que los gatos, tenemos como una especie de brújula que nos orienta el camino con un sonido que se escucha en el pecho: "bum-bum". El corazón no engaña, la mente sí, y esta última nos seduce siempre.
Nos moldean, permitimos que nos rompan, creamos con nuestra mente e ilusiones espejismos y se nos olvide las preguntas esenciales: ¿Quién soy? ¿Hacia dónde quiero ir? ¿Cuál es mi propósito? Y a ese niño su sonrisa empieza a estar atrapada por unas nubes que lo cubren todo, y a veces anuncia lluvia. A veces vienen acompañadas de tormenta, de rayos, creando las primeras heridas, las más difíciles, las que nunca se olvidan; algunas se cierran, pero sus cicatrices permanecen para recordarnos que en algún momento eso nos dolió. Dicen que hay que aprender a bailar bajo la lluvia; de igual modo, debemos aprender, conocer, aceptar nuestras heridas, el trauma que estas nos generaron. Pues nuestra manera de relacionarnos va ligada con ellas. Caminos empedrados que hacen difícil la ruta, pero que no te asusten las piedras; sé resistente como ellas.
Quizás seamos como los juegos que nos acompañaron en nuestra infancia, un rompecabezas, un puzzle, bloques de construcción, que hay que armar, construyendo algo que da sentido a quien somos. Nos rompen, nos desintegran; sin darnos cuenta, perdemos las riendas de nuestra vida, de quien somos, para transformarnos en ellos a quienes admiramos sin un criterio propio, por el mero hecho de absurdas modas o por convencernos de que es lo que necesitamos. Y entonces nos perdemos un poco más, bajamos más abajo al túnel, a un pozo que hemos ido construyendo sin darnos cuenta a lo largo de los años. Y de pronto es cuando más perdidos estamos, pero más cerca estamos de encontrarnos, de recomponer el puzzle con todas las piezas para volver a ser unidad.
Y como una secuencia, nacemos con nuestra esencia, con el mapa de rutas y entresijos; no somos conscientes de ello. Cuando somos conscientes de quiénes somos, somos el personaje que hemos permitido que moldeen los demás; nos perdemos, nos rompemos, para llegar a la final de la secuencia, el despertar, el recordar quiénes somos, para reconstruir lo que fuimos, para volver al origen, donde residen todas las respuestas que siempre estuvieron a nuestro alcance.
Y un día, mareado por las vueltas que hemos dado en esa noria, llamada sobrevivir, cansado de la oscuridad de ese pozo en el que te encuentras, y en el que quieres abandonar. Depende de si has sabido aprovechar los recursos de esas paradas, tanto las buenas como las malas, ya que la combinación de ellas es el impulso para poder salir de ese lugar oscuro, que no es otro que donde se ha refugiado el niño que eres, aquel que disfrutaba de ese sol que coloreaba su mundo. Es el momento de mirar hacia dentro, de rescatar al niño que fuiste, en el que está la esencia de tu vida; él es el tesoro que contiene el mapa. Para acceder tan solo necesitas abrir esa puerta acorazada; la llave siempre estuvo en ti, perdida, pero en ti. Te asustaban los monstruos que protegían ese lugar, pero fueron creados por ti mismo mediante emociones, palabras y hechos donde la fuente no eras tú, era algo ajeno a ti que te fue transmitido y lo diste por cierto. No temas, con amor desaparecen; hazles caricias, cosquillas, y verás cómo el ejército de monstruos desaparece como las nubes oscuras.
Introduces la llave con la mano temblorosa, y escuchas el clack, y algo en ti hace click, y entonces empiezas a recordar, comienzan a brotar las primeras respuestas de hacia dónde vas, quién eres, cuál es tu propósito o al menos intuyes algo. Empiezas a sentirte en sintonía con quien eres, a bailar con la vida. Empiezas a recobrar las riendas de tu vida. Empiezas a mirarte de otra manera, y del mismo modo a los demás, al mundo, sin juicios.
Comprendes que, aunque de niño como de adulto admiramos a los demás, y veíamos solo una parte, quizás la que más nos interesaba o aquellas que eran más bonitas, al igual como si fuera el lado visible de la luna, sin querer ver en la vida que todo se compone de dualidad y que hay una parte no tan iluminada, ellos también son vulnerables, al igual que tú. ¿No te has replanteado que quizás todas esas cosas que te gustaban de los demás resonaban contigo porque viven dormidas en ti? Porque quizás esas personas no se den cuenta de su poder, de ese don, de esas cualidades que admiramos de ellos, pero ellos no se reconocen así y tú ves esa belleza, porque estás conectando con esa frecuencia, y ellos algún día descubrirán en el mundo de las sombras aquello que les hace bellos al igual que tú.
Si algo me parece bello de la humanidad es la belleza de la vulnerabilidad, porque en ella somos realmente nosotros, podemos ver el mapa del alma de la otra persona y, si lo observas con amor, es como ver y sentir un atardecer y poder acariciar el sol, sentir gratitud con el universo, recobrar el sentido de la existencia. Descubrir quiénes somos, quiénes son los otros, mimar nuestras heridas, aceptar la vulnerabilidad, te lleva a un viaje a las entrañas del universo, a una exaltación, frenesí, que te conecta con el todo. Y el todo parte del origen, al igual que termina allí.
Y es que en el origen están todas nuestras respuestas, de quiénes somos; porque si miras atrás y recuerdas todo aquello que el niño que fuiste y habita en ti, vivió, creó, te darás cuenta de que, de un modo u otro, has terminado trazando el camino que el dibujo, que soñó, que anheló. Que tus pasos de manera inconsciente te han llevado ahí, en este preciso momento, en que una parte de ti sonríe. Estás caminando sobre el mapa de tu alma, que de lejos parece un círculo imperfecto dibujado por el niño que fuiste. Y todo tiene conexión, sentido, y empiezas a sentir la brisa de la calma, de la paz, que va recorriendo cada uno de los canales por los que circulan tus nervios. Ya no caminas solo, caminas de la mano de ese chiquillo que fuiste; os sentís protegidos el uno con el otro.
Por mí, por todas las versiones que han coexistido en mí, por esa niña que siempre fui, a la que le debo lo que soy ahora. Porque si me encuentro perdida, sé que el camino al hogar está en ella, en ese mundo que inconscientemente dibujo para que yo lo coloreara. Y ahora sé que todas las respuestas a las preguntas que me he planteado a lo largo de mi existencia residen en lo que un día viví y olvidé; pero que estoy en vías de exploración en este viaje fascinante llamado origen.



No hay comentarios:
Publicar un comentario